Beyond Human Error

Las mentiras que nos contamos sobre la seguridad · LIE #16

“Las personas con experiencia no cometen errores.”

Experiencia y error

Autor: Alejandro Gabriel GiordanoPublicado:

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Birmingham, junio de 1990. Turno noche en el hangar. Un BAC One-Eleven estaba estacionado para el reemplazo del parabrisas izquierdo.

El jefe de mantenimiento del turno decidió hacer el trabajo él mismo. Podría haberlo delegado, pero lo había hecho muchas veces antes y, a esa hora, con esa carga de trabajo, hacerlo él mismo era la opción más rápida.

Además, probablemente era la persona más calificada para hacerlo: años de experiencia, un historial impecable y varios reconocimientos formales por la calidad de su trabajo.

Retiró los noventa bulones del parabrisas viejo. Estaban corroídos, así que decidió reemplazarlos también. Llevó uno al almacén para buscar repuestos.

Y aquí es donde parte de la historia suele contarse de forma incorrecta.

No actuó sin verificar.

Comparó.

Verificó.

Encontró el cajón que coincidía con el bulón que tenía en la mano y confirmó el número de parte leyendo la nota de emisión que había dentro.

Lo que no hizo fue abrir el Catálogo Ilustrado de Partes.

Tenía una referencia que, desde su perspectiva, era incluso mejor:

el bulón que acababa de retirar de esa misma aeronave.

El supervisor del almacén, que tenía dieciséis años de experiencia en el puesto, le dijo que el parabrisas requería un bulón diferente: uno más largo.

Se lo dijo una vez.

El jefe de mantenimiento decidió reemplazar igual por igual.

Si esos eran los bulones que habían salido, esos eran los bulones que debían volver a entrar.

El problema era que los bulones que habían salido también eran incorrectos.

El parabrisas anterior había sido instalado cuatro años antes con bulones más cortos que los especificados.

La aeronave había volado así durante cuatro años sin que pasara nada.

Y esa era exactamente la evidencia que tenía delante.

Cuando descubrió que había muy pocos de los bulones que buscaba, fue a otro carrusel y eligió uno similar.

Era apenas un poco más delgado.

Ochenta y cuatro de los noventa bulones que instaló esa noche eran de ese tipo.

Al día siguiente, vio a otro mecánico reemplazando otro parabrisas con el bulón más largo especificado en el catálogo.

Lo interpretó como una variación entre aeronaves de distintas series.

Después de todo, los bulones que había retirado habían durado cuatro años.

Veintisiete horas después de la instalación, la aeronave partió hacia Málaga.

Era el primer vuelo desde el trabajo de mantenimiento.

Poco después del despegue, con la cabina presurizada, el parabrisas salió despedido.

El comandante fue parcialmente succionado hacia afuera con él.

La tripulación logró sostenerlo desde dentro de la cabina durante aproximadamente veinte minutos, hasta que la aeronave regresó a aterrizar.

Sobrevivió.

Pero lo que me interesa de este caso no es el final.

Es lo que ocurrió detrás.

Ese hombre tenía años de experiencia y sabía perfectamente que los bulones debían verificarse contra una referencia.

No lo había olvidado.

No estaba simplemente apurado, ni había decidido conscientemente omitir una verificación.

Verificó.

El problema fue contra qué verificó.

Verificó contra lo que acababa de retirar de la aeronave porque esa referencia estaba a treinta centímetros de su mano y porque, durante años, esa forma de trabajar había funcionado.

Y nadie revisó su trabajo.

No porque alguien fuera descuidado.

Porque era él.

La mano se mueve más rápido que la lectura

Alguien que recién empieza se equivoca de maneras que entendemos bastante bien.

No conoce la regla, la conoce de forma incorrecta o todavía no reconoce el momento en que debe aplicarla.

Es un tipo de error que podemos anticipar, que abordamos con capacitación y supervisión, y para el cual todo el sistema de instrucción está preparado.

Alguien que lleva treinta años haciendo el trabajo se equivoca de otra manera.

Y no miramos esos errores de la misma forma.

Cuando una tarea se repite lo suficiente, termina dejando de realizarse leyendo.

Pasa a las manos.

Eso no es degradación.

Es precisamente lo que permite que alguien con experiencia desmonte algo mientras escucha otra comunicación por radio y piensa en la aeronave que llega en una hora.

La automatización libera capacidad mental.

Es una fortaleza.

El precio aparece cuando algo cambió.

Un bulón.

Una configuración.

Un número de parte.

Una revisión de procedimiento.

La mano puede ejecutar la versión anterior sin disparar ninguna alarma interna.

Puede que no haya necesariamente duda.

Porque ese momento en que nos preguntamos “¿esto está bien?” es precisamente una de las cosas que la experiencia va eliminando poco a poco.

Pero hay algo todavía más interesante.

La experiencia no solo acelera la ejecución.

También construye sus propias referencias.

Con los años, dejamos de verificar solo contra el documento y empezamos a verificar contra nuestra propia historia de casos anteriores.

Y esa base de datos suele ser rápida, práctica y, muchas veces, más cercana a la operación real que los papeles.

Por eso funciona.

Funciona tan bien que deja de sentirse como un atajo.

Empieza a sentirse como criterio.

El problema es que esa base de datos no tiene control de versiones.

Nadie la audita.

Nadie nos avisa cuando queda desactualizada.

Y, sobre todo, nadie nos avisa cuando el caso que guardamos como “correcto” en realidad era incorrecto pero resultó funcionar.

Ese es uno de los problemas más difíciles de la experiencia.

Quien no sabe suele sospechar que no sabe.

Quien sabe tiene muchas menos razones para sospechar.

Cuando dejamos de mirar

La supervisión no desaparece porque a las personas deje de importarles.

Se retira porque cuesta.

Porque no hay suficiente personal.

Porque hay otras prioridades.

Y porque poner un segundo par de ojos sobre quien más sabe puede parecer, en un principio, un mal uso de un recurso escaso.

Es una decisión razonable.

Una decisión que cualquiera de nosotros podría firmar.

El problema empieza cuando asumimos que el riesgo disminuye con la experiencia.

No siempre disminuye.

Cambia de forma.

Retiramos controles cuando desaparece un tipo visible de error, sin preguntarnos qué tipo de error puede empezar a aparecer en su lugar.

Y la persona que recibe menos supervisión no lo vive como una pérdida.

Lo vive como un reconocimiento.

Esa es la paradoja.

La persona que acaba de perder una barrera probablemente está orgullosa de haberla perdido.

Y bien puede resistirse si alguien propone volver a ponerla.

La verificación que nunca se exigió

Volvamos al hangar.

La investigación no se detuvo simplemente en el hombre que eligió los bulones.

Fue mucho más atrás.

A la forma en que estaba organizado el trabajo esa noche y a la definición de qué tareas requerían verificación independiente y cuáles no.

El reemplazo de parabrisas no era una de ellas.

La instalación podía ser certificada por la misma persona que la realizaba.

Y la persona que la realizaba esa noche era el jefe de mantenimiento del turno.

Probablemente la persona que cualquiera habría identificado como la más capacitada del hangar para hacer el trabajo.

Eso es lo que importa.

Nadie decidió deliberadamente:

“A él no hace falta revisarlo.”

El sistema estaba diseñado para confiar.

Y su experiencia era precisamente la razón por la que esa confianza parecía razonable.

La barrera no falló.

Nunca estuvo.

Y no estaba por razones que, antes del evento, parecían perfectamente sensatas.

Cuando una barrera depende de quién realiza la tarea y no del riesgo propio de la tarea, deja de ser una barrera robusta.

Se convierte en una apuesta por una persona.

Una apuesta que puede funcionar cientos o miles de veces.

Hasta la única vez que no.

Pregúntale a él

Hay otra parte de este caso que me resulta todavía más incómoda.

Esa noche no estaba realmente solo.

Alguien se lo dijo.

El supervisor del almacén, con dieciséis años de experiencia, sabía qué bulón requería ese parabrisas.

Y se lo dijo.

Una vez.

Después escuchó al jefe de mantenimiento defender la posición contraria con un argumento razonable.

Y no insistió.

No necesariamente porque tuviera miedo.

No porque no supiera.

No porque no le importara.

Le dio a esa persona el peso que esa persona se había ganado.

La mayoría de nosotros probablemente habría hecho lo mismo.

Toda operación tiene dos o tres personas que terminan convirtiéndose en la referencia.

“Pregúntale a él.”

“Ella conoce esta operación mejor que nadie.”

“Si él lo hizo así, debe haber una razón.”

Y muchas veces es cierto.

Se ganaron esa posición porque saben.

El problema está en lo que esa posición crea a su alrededor.

Alguien que lleva ocho meses nota algo que no parece correcto.

Entonces mira quién está realizando la tarea.

Y empieza a reconsiderar lo que vio.

No necesariamente piensa:

“Se está equivocando.”

Piensa:

“Probablemente hay algo aquí que todavía no entiendo.”

Y estadísticamente, muchas veces tiene razón.

Ese es precisamente el problema.

Cada vez que no dijo nada y no pasó nada, recibió una pequeña confirmación de que quedarse callado había sido la decisión correcta.

En Birmingham, nadie necesitó siquiera quedarse callado.

La observación correcta se hizo.

Pero se hizo una sola vez.

Y después desapareció.

Lo que se perdió allí no fue simplemente una opinión.

Fue la última observación independiente de esa tarea.

Cuando cuestionar el trabajo de alguien con mucha experiencia empieza a sentirse como cuestionar a la persona, la experiencia deja de ser una defensa adicional.

Empieza a reemplazar otras defensas.

Levantar la mano tiene un costo diferente

Hay un lado de esto del que rara vez hablamos.

Cuando un empleado nuevo reporta su propio error, la organización tiene disponible una explicación que no amenaza seriamente la identidad profesional de esa persona:

Le faltaba experiencia.

La capacitamos.

La acompañamos.

Aumentamos la supervisión.

Y el episodio puede cerrarse sin cuestionar seriamente quién es esa persona.

Cuando el error lo reporta alguien que lleva treinta años haciendo el trabajo, esa explicación desaparece.

Ya no puede atribuirse fácilmente a la falta de experiencia.

Entonces la atención se dirige hacia esa persona.

Y alguien que pasó treinta años en una organización sabe perfectamente cómo se comentan estas cosas en los pasillos.

Sabe que la frase probablemente no será sobre el procedimiento.

Será:

“¿Cómo pudo cometer ese error?”

Eso cambia el costo de reportar.

No siempre.

No para todos.

Pero lo suficiente como para que parte de la información más valiosa de una organización deje de circular.

Porque la persona con más contexto para explicar cómo un error se volvió posible puede ser también la persona que paga el precio más alto por admitirlo.

Y hay algo todavía más profundo.

La persona que se convirtió en referencia tiene que reportar en contra de su propia posición dentro del grupo.

No está diciendo simplemente:

“Me aparté del procedimiento.”

Está poniendo sobre la mesa la razón misma por la que, durante años, los demás dejaron de verificar cada vez que esa persona estaba presente.

Después de un evento, aparece casi siempre la misma pregunta:

¿Cómo pudo alguien con tanta experiencia cometer ese error?

La escuché muchas veces.

Es una pregunta cómoda.

Porque mira a la persona y deja todo lo demás intacto.

La pregunta útil es otra:

¿Por qué habíamos asumido que su experiencia hacía imposible ese error?

Ahí empieza una investigación diferente.

Tenemos que mirar los controles que se retiraron porque él sabía.

Las prácticas informales que se toleraron porque él sabía.

La verificación que dejó de estar vinculada al riesgo de la tarea y pasó a estar vinculada al nombre de la persona que la realizaba.

Nada de eso se decidió el día del evento.

Se venía construyendo desde hacía mucho tiempo.

Gradualmente.

Y cada decisión probablemente tenía sentido cuando se tomó.

Nada de esto es un argumento contra la experiencia.

Todo lo contrario.

Si hay alguien en una organización capaz de detectar un problema antes de que aparezca en un indicador, probablemente sea la persona que conoce la operación desde hace años.

Lo que necesitamos desmontar es la conclusión que viene después.

Saber más no significa necesitar menos defensas.

Puede significar necesitar defensas diferentes.

Defensas diseñadas para otro tipo de error.

El hombre del hangar de Birmingham hizo esa noche algo que había hecho con éxito durante años.

Comparó contra la última vez.

Y durante años, la última vez había sido una referencia excelente.

Hasta que dejó de serlo.

Le faltaba una sola cosa.

Y no era conocimiento.

Alguien que insistiera.

Un briefing no envejece de golpe.

Se escribe con una operación delante, se distribuye, y desde ese momento se queda quieto mientras las calles de rodaje, los procedimientos y las personas que lo aplican siguen cambiando por debajo.

Nadie te avisa el día en que el papel dejó de describir el aeropuerto que tienes delante.

Y lo incómodo es que leerlo completo y seguirlo al pie de la letra no te protege de eso.

Haces todo bien contra una referencia que ya no lo es.

Lie #17: “The Briefing Tells You Everything You Need to Know.” (“El briefing te dice todo lo que necesitas saber”).

De eso hablaremos la próxima semana.

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“Las personas con experiencia no cometen errores.”

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