Beyond Human Error

Las mentiras que nos contamos sobre la seguridad · LIE #18

“Siempre lo hicimos así.”

Cómo una adaptación temporal se convierte en un procedimiento que nadie escribió.

Autor: Alejandro Gabriel GiordanoPublicado:

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El LMC se transmite por teléfono y se documenta después.

Nadie lo vive como un desvío. Se hace así porque el control de carga está centralizado a mil kilómetros, porque el turnaround no permite lo que el papel dice que permite. Funcionó las últimas mil veces. El recién llegado lo aprende al tercer turno sin que nadie se lo explique: mira, repite y dos semanas después ya lo hace con la misma naturalidad que todos los demás. No aprendió un atajo. Aprendió el trabajo.

Eso es lo primero incómodo de esta mentira. No se transmite como una decisión. Se transmite como normalidad.

Guardemos esa escena, porque voy a volver a ella al final.

Tulsa, marzo de 1979

En la base de mantenimiento de American Airlines en Tulsa, un DC-10 ingresó a mantenimiento programado. Para desmontar uno de sus motores, el fabricante indicaba separar primero el motor y luego el pilón que lo unía al ala. American utilizaba otro método: el motor y el pilón se retiraban juntos, como una sola unidad, sostenidos desde abajo por un autoelevador.

No era una improvisación de último momento, ni personas que ignoraban un manual por comodidad. Había una lógica detrás, y era buena. Mantener el motor unido al pilón evitaba múltiples desconexiones hidráulicas, eléctricas y de combustible. Reducía horas de trabajo y, sobre todo, eliminaba oportunidades de introducir errores durante esas desconexiones y reconexiones. La compañía había desarrollado su propio procedimiento de ingeniería para hacerlo así. Y no fue la única que llegó allí: Continental había desarrollado de forma independiente el mismo atajo, y también había dañado pilones con el autoelevador.

El problema no estaba en la lógica, sino en el margen que esa lógica consumía.

El método exigía una precisión enorme. Varias toneladas debían permanecer prácticamente inmóviles mientras se liberaban los puntos de fijación entre el pilón y el ala. Un pequeño movimiento del autoelevador, un ajuste hidráulico, un cambio de turno, una pausa, podían producir cargas que la estructura nunca había sido diseñada para soportar.

Durante el mantenimiento de la aeronave que más tarde operaría como el vuelo 191 de American Airlines, el pilón resultó dañado. El daño no fue identificado.

El 25 de mayo de 1979, durante el despegue desde Chicago O’Hare, el motor número uno y su pilón se separaron del ala. La separación cortó las líneas hidráulicas de ese lado y los slats del ala izquierda se retrajeron solos. También se perdió la alimentación eléctrica de la advertencia de pérdida y de la indicación de discrepancia de slats. La tripulación redujo a V2, siguiendo el procedimiento de la compañía para una falla de motor, sin forma de saber que el ala izquierda ya estaba entrando en pérdida a esa velocidad.

Murieron las 271 personas a bordo y dos personas en tierra.

Lo que se hereda y lo que no

Hay una parte de esa historia que me parece más importante que la secuencia técnica. Las personas que hacían ese trabajo en Tulsa no pensaban, cada vez que se acercaban al autoelevador, que ese día iban a apartarse del procedimiento. Hacían el trabajo de la forma en que el trabajo se había aprendido.

Eso cambia completamente la conversación, porque un desvío repetido deja de sentirse como un desvío. Primero es una excepción con nombre y fecha. Después es simplemente cómo hacemos las cosas aquí.

La explicación es que todo procedimiento tiene dos partes con vidas útiles muy diferentes. Está la acción y está la justificación de la acción. La acción se escribe, se enseña, se repite y se incorpora al ritmo del turno. La justificación, en general, no vive en ningún lugar salvo en la cabeza de quien tomó la decisión: el jefe de escala que alguna vez tuvo que resolver una configuración de pista específica, el supervisor que compensaba una falta de equipamiento que ya no existe. Cuando esa persona se va, la acción queda y la razón se va con ella.

Lo que sobrevive es una práctica huérfana. Y una práctica huérfana no se defiende por su lógica, porque nadie la recuerda. Se defiende por su antigüedad. El tiempo se convierte en credencial.

Houston, doce años después

La noche del 10 de septiembre de 1991, un EMB-120 de Continental Express ingresó al hangar de Houston para el reemplazo de las botas de deshielo del estabilizador horizontal. El segundo turno retiró los 47 tornillos de la superficie superior del borde de ataque izquierdo, terminó su horario programado y se fue. El turno siguiente no fue informado de que el trabajo estaba incompleto.

Al día siguiente, durante el descenso hacia Houston, el borde de ataque izquierdo se desprendió en vuelo. La aeronave cabeceó violentamente hacia abajo y se desintegró en el aire. Murieron las catorce personas a bordo.

La NTSB atribuyó el accidente a que el personal de mantenimiento e inspección no siguió los procedimientos establecidos. Pero uno de los miembros de la Junta, John Lauber, dejó constancia de que la causa probable debía incluir algo más: la falta, por parte de la dirección de la compañía, de una cultura corporativa que exigiera y sostuviera ese cumplimiento.

Esa disidencia vale más que muchos informes completos, porque apunta hacia arriba y no a la persona que tenía el destornillador en la mano. La entrega de turno incompleta no fue el descuido de un individuo en una noche. Era la forma en que ese turno venía trabajando, sin que nunca hubiera pasado nada.

Y cada turno sin consecuencias había quedado archivado como evidencia a favor. Ya escribí sobre ese mecanismo en la #14. Aquí basta con recordar que la ausencia de consecuencias no mide el margen.

Lo que sí merece ser defendido

Quiero conceder algo, porque la frase no siempre es una mentira.

Gran parte de lo que hace funcionar una operación es práctica acumulada que ningún manual capturó nunca. La persona que sabe que en esa posición hay que pedir el GPU diez minutos antes porque el tendido del cable es largo, el despachante que sabe qué alternativa funciona en el papel y se derrumba con viento del oeste: ese conocimiento no tiene fundamento escrito y vale más que media sección del manual. Si elimináramos todo lo que no puede exhibir una justificación documentada, nos quedaríamos con una operación formalmente correcta y prácticamente inutilizable.

La herencia no es el problema. El problema es la herencia sin inventario. Cargamos prácticas que sobreviven porque funcionan junto con prácticas que sobreviven porque nadie las miró, y desde adentro se sienten idénticas.

La pregunta habitual no las separa. Preguntar por qué hacemos esto devuelve historia, y la historia es precisamente lo que la frase ya estaba ofreciendo. La pregunta que sí las separa es otra: qué tiene que seguir siendo cierto para que esto siga siendo seguro.

Eso nombra una condición en lugar de un origen. Si la condición todavía existe, ya sea el equipamiento, el volumen de tráfico o la persona que absorbía la holgura, la práctica se ganó su lugar y su antigüedad es irrelevante. Si la condición desapareció, lo que estamos protegiendo no es un procedimiento sino un residuo.

Y si nadie puede responder esa pregunta, eso no es permiso para eliminar la práctica. Es un hallazgo en sí mismo: hay un control funcionando que nadie mantiene y nadie sabe si todavía funciona. Eso se investiga antes de decidir.

La mentira gemela

Hay otra frase que hace exactamente el mismo daño y casi nunca se critica, porque llega vestida de progreso.

Así es como lo hacemos ahora.

Entra un sistema nuevo. Un procedimiento pasa a una pantalla. Se rediseña un flujo porque el anterior era lento. Y en esa migración desaparecen pasos, desaparecen dobles verificaciones, una firma que parecía innecesaria, un control cruzado que antes hacían dos personas y que ahora el software hace solo. Nadie pregunta qué condición estaban sosteniendo.

Es el mismo error con la polaridad invertida. Cambiar sin saber qué estás desmontando es idéntico a conservar sin saber qué estás defendiendo. La diferencia es que a uno lo llamamos resistencia al cambio y al otro modernización, y solo uno de los dos aparece marcado como riesgo en algún informe.

A quien se aferra al procedimiento viejo le pedimos que justifique por qué. Casi nunca le pedimos a quien trae el nuevo que justifique lo que eliminó.

Lo que la frase también es

Hay una última cosa, y es la que más me importa.

Cuando alguien dice “siempre lo hicimos así”, está poniendo información sobre la mesa. Está diciendo, con las peores palabras posibles, que ahí hay algo que asocia con que las cosas salgan bien, aunque no pueda articular qué es. Es conocimiento no documentado que sale a la superficie de forma voluntaria, que es la única forma en que ese tipo de conocimiento sale alguna vez.

Lo tratamos como resistencia. Explicamos por qué el cambio es necesario, mostramos los números y la persona acompaña.

Lo que también aprende, sin que nadie lo diga, es que la próxima vez que perciba algo así, es mejor no decir nada. No porque esté en contra. Porque ya vio cómo termina la conversación.

Y ahí perdemos dos veces. Perdemos la información esta vez, y perdemos todas las veces futuras en que esa persona iba a hablar y ahora no lo hará. Ningún indicador de gestión del cambio lo mostrará nunca, porque lo que nunca se dijo no se puede contar.

Nuestro autoelevador

Volvamos al LMC que se transmite por teléfono y se documenta después.

Esa práctica tiene una condición de validez, aunque casi nunca la enunciemos: que el cambio se mantenga dentro de los límites, que la documentación realmente cierre, que nadie olvide la segunda llamada cuando entra un tercer cambio cuatro minutos después. Esa condición existía el día en que empezó la práctica. Alguien la tenía en la cabeza y la sostenía sin escribirla.

Hoy, en muchas operaciones, la práctica permanece y la condición no aparece por ningún lado.

El autoelevador de Tulsa sostenía varias toneladas inmóviles mientras alguien liberaba los puntos de fijación entre el pilón y el ala. Funcionaba. Funcionó muchas veces, con personas competentes y con lógica de ingeniería detrás.

Nosotros también tenemos nuestro autoelevador. Toda operación tiene uno, y casi siempre sabemos cuál es.

Lo que no tenemos es a alguien vigilándolo.

La próxima semana, Lie #19: “No había tiempo.” Aparece en casi todos los informes y casi nunca se investiga. Porque cuando no hubo tiempo suficiente, casi siempre hubo alguien que había decidido antes, y lejos de la operación, cuánto tiempo iba a haber.

Patrocinio — información de la publicación original (septiembre de 2026)

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“Siempre lo hicimos así.”

Cómo una adaptación temporal se convierte en un procedimiento que nadie escribió.

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