Autor: Alejandro Gabriel GiordanoPublicado:
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Hay frases que nadie se animaría a discutir.
«La seguridad es responsabilidad de todos» es una de ellas.
Aparece en presentaciones, afiches, manuales, reuniones, cursos y campañas internas. Suena bien. Suena madura. Suena a la clase de frase que una organización comprometida con la seguridad debería repetir todos los días, en cada turno, frente a cada equipo.
Y, en parte, es cierta.
La seguridad necesita de todos.
Necesita al trabajador de rampa que detecta una pérdida hidráulica antes de que se convierta en algo peor. Al despachante que cuestiona un combustible demasiado ajustado, aunque eso implique una conversación incómoda. Al técnico que no libera una aeronave porque algo no le cierra, aunque todavía no pueda explicarlo con precisión. Al tripulante que advierte una condición insegura desde la cabina de vuelo o de pasajeros. Al supervisor que decide frenar una operación aunque el reloj siga corriendo y el vuelo esté por salir.
Todos tienen un papel que cumplir.
El problema empieza cuando esa frase se usa para ocultar otra realidad, mucho menos cómoda de poner en un afiche:
que no todos tienen la misma autoridad, los mismos recursos ni el mismo poder de decisión.
Decir que la seguridad es responsabilidad de todos no significa que todas las responsabilidades sean iguales. Y confundir esas dos cosas es probablemente uno de los malentendidos más caros de la seguridad operacional moderna.
El operador puede detectar un peligro, pero quizás no tenga la autoridad para detener la operación.
El supervisor puede querer corregir una deficiencia, pero quizás no tenga el personal suficiente para hacerlo sin dejar un hueco en otro lado.
El jefe de turno puede ver una tendencia clara en los reportes, pero quizás no controle el presupuesto necesario para actuar.
El gerente de seguridad puede recomendar una acción respaldada por evidencia sólida, pero quizás no tenga el poder real de exigir que se implemente.
Y entonces pasa algo muy conveniente para la organización, aunque casi nunca se diga en voz alta.
La responsabilidad se empuja hacia abajo, mientras la autoridad se queda arriba.
Se espera que todos cuiden la seguridad, pero no todos pueden cambiar un procedimiento, aumentar la dotación, ajustar un cronograma, frenar la presión comercial o aprobar una inversión. Esa asimetría rara vez se nombra, pero está presente en cada operación, en cada turno y en cada decisión que alguien toma con menos herramientas de las que realmente necesita.
En esas condiciones, «la seguridad es responsabilidad de todos» puede convertirse en una forma elegante de decir:
«Si algo pasa, todos tuvieron la oportunidad de evitarlo».
Pero eso no siempre es cierto. Y tratarlo como si lo fuera termina siendo injusto con quienes estaban más cerca del riesgo y más lejos de la decisión.
Imaginá una operación de rampa con personal reducido, equipos fuera de servicio, tiempos de escala recortados y una presión constante para evitar demoras. No es un escenario extremo ni excepcional. En alguna medida, es la rutina diaria en buena parte de la industria.
El trabajador conoce el riesgo. El supervisor conoce el riesgo. Operaciones conoce el riesgo. Seguridad probablemente también.
Todos son responsables, al menos en el sentido moral de la palabra.
Pero ¿quién tiene la autoridad para sumar personal en ese turno concreto?
¿Quién puede cambiar el tiempo de escala sin que eso se convierta en una llamada incómoda desde el área comercial?
¿Quién puede retirar un equipo defectuoso sin temer que lo culpen por afectar la operación?
¿Quién puede asumir el costo de una demora para evitar una pérdida mayor, sabiendo que esa decisión será revisada después con otros ojos?
Ahí es donde la frase empieza a quedarse corta. No porque esté mal, sino porque está incompleta.
Porque la seguridad no se sostiene solo con responsabilidad individual, por más comprometidas que estén las personas involucradas.
También necesita responsabilidades concretas. Autoridad definida. Recursos disponibles. Y consecuencias claras cuando quienes pueden actuar eligen no hacerlo.
No alcanza con pedirle a la gente que reporte.
Hay que definir quién recibe el reporte.
Alguien tiene que evaluarlo, y con qué criterios.
Alguien tiene que actuar sobre lo que ese reporte plantea.
En qué plazo se espera una respuesta.
Con qué recursos se espera que esa persona lo resuelva.
Y qué pasa realmente si la acción nunca se implementa.
Cuando todos son responsables en un sentido genérico, existe un riesgo real de que nadie sea responsable en un sentido concreto. La responsabilidad difusa tiene esa característica particular: parece cubrirlo todo mientras no sostiene nada.
Después de un incidente, es común escuchar preguntas como estas, casi como un reflejo automático de cualquier investigación:
«¿Por qué nadie dijo nada?»
«¿Por qué no frenaron la operación?»
«¿Por qué siguieron trabajando en esas condiciones?»
Son preguntas legítimas. Pero muchas veces la verdadera pregunta debería ser otra, una que rara vez aparece en los informes:
¿Había realmente alguien con la autoridad, el respaldo y las condiciones necesarias para detenerla?
Tener la obligación moral de actuar no es lo mismo que tener la capacidad organizacional para hacerlo. Esa diferencia separa a las organizaciones que aprenden de las que simplemente buscan un culpable.
Hay algo todavía más incómodo escondido en esta discusión. Muchas veces la persona que detecta el riesgo ya lo había reportado antes, más de una vez, por los canales que la organización dice tener disponibles. Lo escribió en un libro de novedades, lo planteó en una reunión, lo presentó en un formulario de reporte voluntario. Y ese reporte se perdió en algún punto del camino, entre una carpeta, una planilla y una prioridad más urgente. Cuando finalmente ocurre el incidente, nadie recuerda ese reporte anterior. O peor: alguien lo recuerda, pero decide que mencionarlo ahora complicaría más de lo que ayudaría. Ahí es donde «la responsabilidad de todos» empieza a mostrar su cara más incómoda: no falló solo la persona que operaba ese día; también falló el sistema que debía convertir esa información en una decisión, y nadie en particular rinde cuentas por ese eslabón faltante.
Una persona puede ver el riesgo con total claridad y aun así quedar atrapada entre la operación, la jerarquía, la presión del tiempo, el miedo a las consecuencias y la ausencia de una decisión clara desde arriba. Puede ver el problema, incluso nombrarlo, y aun así no tener un canal real para detenerlo a tiempo.
Eso no borra su responsabilidad.
Pero tampoco le permite a la organización trasladar toda la carga a quien estaba en el último eslabón de la cadena. Ese último eslabón también suele ser el más visible, el más fácil de señalar y el que menos poder tiene para cambiar el resultado.
La seguridad es, efectivamente, responsabilidad de todos.
Pero la rendición de cuentas tiene que tener nombre.
Los recursos tienen que tener dueño.
Las decisiones tienen que tener autoridad asignada, no solo buenas intenciones.
Y los riesgos que nadie en la primera línea puede controlar tienen que ser asumidos por quienes diseñan, financian y conducen el sistema. No como un gesto simbólico, sino como una parte concreta de su trabajo.
Quizás la frase correcta no sea simplemente:
«La seguridad es responsabilidad de todos».
Quizás debería ser:
«Todos tienen un papel en la seguridad, pero los líderes son responsables de hacer posible el trabajo seguro».
Todos tienen un papel que cumplir en la seguridad.
Pero quienes conducen son responsables de crear las condiciones que hacen que trabajar de forma segura sea realmente posible. No alcanza con pedirlo. Hay que construirlo, respaldarlo con recursos y defenderlo cuando la presión comercial empuja en sentido contrario.
Porque cuando una organización pide responsabilidad sin entregar autoridad, no está construyendo seguridad.
Está repartiendo culpas por adelantado.
Y ese reparto, aunque nunca quede escrito en ningún manual, es una de las formas más silenciosas y eficaces de proteger al sistema en lugar de proteger a las personas que lo mantienen funcionando todos los días.
Beyond Human Error sigue creciendo gracias a contenido independiente, experiencia operacional y conversaciones que buscan aportar valor real a la seguridad.
Actualmente estoy abierto a colaborar con organizaciones que trabajan en aviación, Factores Humanos, seguridad operacional, capacitación o toma de decisiones operacionales.
No me interesa sumar publicidad solo por visibilidad. Cualquier colaboración debe ser relevante, creíble y genuinamente útil para una comunidad especializada que sabe distinguir entre promoción y contenido con sustancia.
Si tu organización comparte ese enfoque, hablemos.
En la próxima mentira vamos a cuestionar otra frase que aparece seguido después de los incidentes:
LIE #12: «The procedure was clear.» («El procedimiento era claro»).
Porque un procedimiento puede parecer perfectamente claro desde una oficina, una auditoría o una investigación, con todo el tiempo del mundo y sin ninguna presión encima.
La verdadera pregunta es si seguía siendo igual de claro dentro de la operación real, con el reloj corriendo y las condiciones cambiando.
#BeyondHumanError
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